Relato capítulo 24: El nombre de una reina

El color rojizo de la noche, filtrándose entre las lamas, proyectaba sombras horizontales en la pared contraria. Sin más iluminación, la íntima atmósfera la arrastró a otra noche, cuando ambas trabajaban y se fue la luz en el edificio. Sin poder revisar los documentos, se quedaron en ese despacho hablando a oscuras, esperando a que volviera. No podría tardar mucho.

La charla insustancial y algo incómoda para matar el tiempo se transformó en confesiones de temor. Como si la oscuridad las protegiera a las dos de alguna manera, Lluvia comenzó a hablar sin hablar. De sus labios salían palabras que, en el interior de la mente de Isa, significaban otra cosa. La rubia quedó encandilada por la inteligencia y sensibilidad de su compañera. Cómo, con compasión en los ojos, le daba calma sobre cosas no dichas. Cómo sabía lo que sabía sin haberlo pronunciado. Cómo, cuando las palabras ya no alcanzaban para sosegar sus corazones, se levantó para acortar la distancia. Y cómo, en silencio, se descubrió el hombro y parte de la espalda, dejando que la tela cayera con la delicadeza de una flor, para mostrar la brutalidad de la mutación en su piel.

Levantó la vista buscando en los ojos de su compañera algún atisbo de lo que estaba ocurriendo en ese momento. El pecho de ambas subía y bajaba con sus respiraciones nerviosas. La primera en reaccionar fue Lluvia, que con timidez se soltó y dio un leve paso hacia atrás, tropezando con la mesa a su espalda. Por la torpeza, sonrió avergonzada mientras se sentaba sobre la superficie, como si ese hubiera sido el gesto que realmente pretendía hacer.

Pero Isa no se lo pensó. Recortó la leve distancia y le sujetó la cara con ambas manos. Apenas unos centímetros separaban los rostros de las muchachas, que se miraban con el corazón desbocado. La rubia se detuvo, observando el rostro sonrojado que tenía delante como si quisiera memorizarlo. Su mirada recorrió los ojos húmedos y brillantes que la miraban con anticipación. Descubrió dos pequeños lunares, que no había visto hasta entonces, bajo su ojo izquierdo. Observó sus labios entreabiertos y notó el calor de su respiración. Pasó los pulgares por ellos, acariciándolos, mientras sin darse cuenta también separaba los suyos.

—Isa…

Su nombre sonó como una súplica.

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