Capítulo 25: ¿De verdad existe una cura?

La casa estaba vacía. Ellos, en el dormitorio, se miraban con una mezcla de nervios y anticipación. Frases que decían las cosas a medias, miradas que se apartaban entre sonrojos. Una necesidad creciente que ya no podía detenerse lo llevó a sujetarle las manos.

—¿Confías en mí? Cierra los ojos.

Con delicadeza, empezó a cubrir de besos sus manos, sus mejillas, su cuello. Caricias tiernas que, con el paso de los segundos, se cargaban de algo más. La tumbó en la cama y se detuvo para asegurarse de que ambos querían lo mismo. Le dijo que no había problema, que podía marcharse. Ella lo miró con decisión y le dijo que quería que se quedase.

Los besos se intensificaron. La ropa empezó a sobrar. Las partes que antes cubría la tela quedaron ahora cubiertas por sus labios. La marea los arrastraba cuando oyeron voces entrando en la casa. Vergüenza, miradas traviesas y la convicción de querer continuar a pesar de todo.

—Como sigas así, no vamos a poder parar —le dijo ella con timidez.

—¿Cuánta vergüenza te da? —respondió él, travieso.

La risa contenida fue confirmación suficiente. Se deslizó entre sus muslos, buscando arrancarle un gemido ahogado. Los intrusos no necesitaron más señales para marcharse. Ya solos, el mundo entero desapareció hasta no quedar más que ellos dos.

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