Escena extendida 27b: Atando cabos sueltos


—Pero... eres idiota. Eres idiot... Eres idiota. Tú eres consciente...
La frustración ante la terquedad del muchacho hizo que las palabras se le atragantaran en la boca. Lo miró con una mezcla de impotencia y cansancio. Estaba dispuesta a explicarse de nuevo, por mucho que doliera, cuando él la interrumpió.
—¡Pues sí Daya, sí, soy idiota! ¡Soy el idiota que está loco por ti! Soy el idiota que pierde la cabeza cada vez que te ve, cada vez que te ve moverse, cada vez que te ve mirar a otros. Soy el idiota que sueña contigo. Que esa noche estuvo en mi cama durmiendo conmigo y no tuve los cojones de acercarme. Soy ese idiota Daya. ¿Quieres que te diga las cosas? ¿Quieres que te las diga?
El aire apenas le llegaba a los pulmones mientras escupía cada palabra.
—Que no puedo vivir sin ti. Que no puedo. Que no sé cómo hacerlo. Que... noto el miedo en tu cara cada vez que me acerco, cada vez que te rozo. Que me dices que hay una maldición... ¡Pues que me mate la maldición!
Se abalanzó sobre sus labios como quien se lanza de cabeza a un oasis en el desierto. Se había imaginado mil escenarios en los que se declaraba, en los que le mostraba todo lo que había guardado para ella. En ninguno lo hacía con palabras. Mucho menos de una forma tan urgente y desesperada. Siempre había disfrutado cuando ella lo llamaba idiota o imbécil después de haber dicho alguna tontería. Pero esta vez comprendió que de verdad había sido un idiota. Uno que se había confiado y había esperado demasiado.
Cuando sintió que Daya le devolvía el beso, el tiempo se detuvo. Durante un segundo se había preparado para la distancia. Ella, con su fuerza y su carácter, lo empujaría lejos. Lo apartaría mirándolo con decepción. Sin embargo, le sujetó la cabeza, profundizó el beso y pegó su cuerpo al suyo con tanta fuerza que lo hizo retroceder hasta que ambos chocaron contra la encimera de la cocina.
Se besaron con pasión, con la respiración entrecortada, respirándose en la boca del otro. La urgencia de Daya, como si hubiera estado esperando aquel momento tanto tiempo como él, terminó de empujarlo cuesta abajo y sin frenos. La sujetó por la cintura como si ya no estuviera dispuesto a soltarla y se prometió que lucharía por ella, aunque tuviera que hacerlo contra el mismísimo Bruno Falcón.
Redes sociales
Contacto
contacto@amordeotromundo.com
© 2026 Amor de otro Mundo
