Escena extendida 27c: Atando cabos sueltos

La titilante luz de las velas proyectaba sombras que parecían bailar al son de sus palabras. Hablaba de preocupación, de amigos perdidos, de una misión en el oeste. El miedo y la determinación se mezclaban en sus labios mientras pedía ayuda. Ella hablaba con su líder, con el hombre que era en el interior de su mente. Probablemente una mezcla de símbolo, autoridad y estatus. Un recurso inalcanzable, pero valioso. Y todo empezó a desmoronarse.

La mente del hombre vulnerable tomaba el control mientras su cuerpo rejuvenecido intentaba contenerla aguantando la respiración. La voz de la muchacha era la canción que dormía la estrategia, el propósito. El anhelo de su mirada lo confundía. Leía en ella un deseo antiguo de encontrarse con él. Pero ella no podía notarlo. No podía saberlo. Y, aun así, empezó a hablar como si pudiera.

El miedo de Aymara se hizo realidad cuando, de entre todas las mentes de los hombres, solo quedó aquel amor pasado invadiendo la mente de uno solo. Finalmente, Lisandro le contó a Aura lo que no debía contarle. Le explicó casi todo aquello que debía guardarse. Y el peor de los escenarios se abrió ante él: ella recordaba, de manera intuitiva, el peso de su linaje. Lo escuchaba, lo entendía, lo anhelaba casi desde el primer instante en que lo vio.

Su mundo se derrumbaba por completo cuando ella le acariciaba la mano, buscando entrelazar sus dedos con los de él. Sentía cómo se entrelazarían sus destinos si no la detenía. Cómo terminaría saltando al vacío, perdiendo en él su propósito. Abandonando a la humanidad entera para vivir el resto de sus días a su lado. Porque sabía que, cuando recuperara todas las voces, el Lisandro que era en ese momento desaparecería.

Intentó detenerla. Hacerla entrar en razón. Los sentimientos que se estaban permitiendo sentir quizá no eran suyos. Eran de otras personas, de otras generaciones, y ahora los inundaban a ambos por la carga del linaje. Pero a ella no parecía importarle. Estaba segura, al menos en apariencia, de que lo que sentía le pertenecía. Él, en cambio, no podía estarlo. No cuando su mente estaba hecha, la mayor parte del tiempo, de los recuerdos de toda una estirpe. Él podía recordar el amor y el dolor de quienes estuvieron antes que ellos. Por eso trató de contenerse tanto como se lo permitió su frágil corazón.

El contacto de sus manos. El olor de su piel. Su mirada queriendo anclarse a la suya. La cercanía de sus cuerpos. El roce de sus labios. Ella rompiendo la distancia final. Cerró los ojos y, por primera vez en siglos, todo permaneció en silencio. Ni voces, ni imágenes, ni propósito. Solo sus labios contra los suyos, sin pedirle permiso al destino.

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